PRÓLOGO
Sábado Diez de la mañana
Delia se despertó de repente, como cada día. Estaba aburrida de su vida, del día a día. Sobretodo estaba aburrida de estar siempre triste, muy, muy triste. Para ella sólo existía la desesperación. La felicidad no tenía lugar en su alma ni en su corazón desde hacía ya tiempo.
- ¡MERDA!-dijo mirando el reloj- Sólo son las diez, hoy pensaba dormir hasta tarde. Supongo que no me volveré a dormir, así que será mejor que me levante, a ver que nos depara el día – tras soltar un sonoro bostezo se levanto.
Delia era una joven normal, pelo castaño, delgada pero no demasiado, de estatura media y no muy lista, aunque tampoco tonta. Vivía en un pueblo al lado del mar, un lugar gris, frio y húmedo durante la mayor parte del año.
Había vivido en aquel lugar desde niña. Al principio la atmósfera romántica y misteriosa, el cielo permanentemente encapotado que le daba al lugar un aspecto sombrio, el puerto oscuro que a ella le parecía mágica. Todo aquello le había fascinado cuando era niña, cuando todavía existía la felicidad en su mundo.
Pero el tiempo fue pasando y trajo con el dolor y pérdida para Delia. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando ella solo tenía 12 años, a los 16 sus dos abuelos habían pasado a mejor vida, a los 18 su mejor amiga se había suicidado tirándose al mar. Ahora Delia odiaba aquel lugar. Se hubiera ido de allí, de aquel oscuro y triste pueblo, pero no tenía dinero, y tampoco fuerzas para marcharse. Sólo le quedaba fuerza para aguantar viva.
Pero Delia no estaba del todo sola, tenía todavía a alguien en quien confiar, alguien que todavía le servía de apoyo, Germán, su novio. Llevaban juntos ya mucho, y él siempre había estado allí para ella.
Pensar en Germán siempre la animaba, así que decidió salir a pasear. Incluso estaba contenta. Decidió ir hacia la playa, la Cota Domar solía estar vacía así que era el mejor lugar para pasear.
Cota Domar era una pequeña playa rodeada de rocas, las cuales desembocaban en unas tenebrosas cuevas a las que nadie se atrevía a subir. Había miles de leyendas sobre aquel lugar, algunas de miedo, otras eran más bien rumores sobre lo que solían hacer las parejas de jóvenes en aquel lugar los sábados por la noche. A Delia todo aquello le había fascinado en un tiempo, ahora le daba igual, como todo.
Una vez estuvo en la playa no se sentía con ganas de sentarse en la arena, miró hacia las rocas y se le ocurrió una idea. Se sentía aventurera. Subiría a la cueva del Susurro para ver el mar desde allí.
Se fue acercando lentamente hacia las rocas, sin hacer ruido, pensando. Estaba subida en lo alto de la roca más grande, dispuesta a saltarla para llegar a las cuevas cuando miró hacia abajo y vio algo la dejo helada…
- ¡Ah!
Unos ojos conocidos la miraron sorprendidos.
Delia no se movió, allí estaba Germán, y no estaba solo…
- ¡DELIA!- chilló Germán mientras se sacudía de encima a una chica rubia- Delia no es lo que piensas… no…yo no…esto no …. Perdóname…por favor Delia perdóname
Silencio
- Delia di algo te lo suplico, ¡por favor háblame!
Silencio
- Delia perdona, yo no quería, ha sido un error, yo he cido, lo siento no quería… yo no …
- Adiós.- susurró Delia y echó a correr hacia las rocas
Germán no se movió. Ella sabía que no lo haría, le había dicho adiós, se había terminado. La única persona que le quedaba la había traicionado, la había dejado, y con ella se había llevado el único rastro de felicidad que todavía quedaba en su vida.
Como haciéndose eco de su dolor, del cielo empezaron a caer gruesas gotas, el viento empezó a soplar con fuerza, las olas se volvieron inmensas. Se avecinaba un gran temporal.
Delia corrió a refugiarse en la cueva por instinto, en esos momentos la vida y la muerte le daban igual.
Las olas aumentaron más su tamaño, impidiendo la entrada a la cueva cuando ella ya estaba dentro. Delia se adentro, simplemente por evitar mojarse. No tenía la suficiente fuerza para permanecer en la entrada y permitir que la marea la llevara.
Una vez dentro, se apoyó contra la pared y, por fin, estalló.
- ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ A MÍ? ¿POR QUÉ TÚ? – gimió. Un torrente de lágrimas brotó de sus ojos
- ¿TAN DÍFICIL ES QUE SEA FELIZ? ¿TANTO CUESTA QUE NO PUEDO SERLO? ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? YO SÓLO QUIERO SER FELIZ, sólo quiero ser feliz- susurró- Si pudiera conocer un mundo donde la desesperanza y la tristeza no existieran, donde la gente quisiera ante todo ser feliz. Si sólo -sollozó
Siguió allí durante mucho tiempo. De repente una luz brillante apareció en el fondo de la cueva y desapareció.
- ¿Hay alguien ahí?- preguntó Delia
La luz volvió a aparecer
- Si hay alguien ahí, por favor conteste.
No hubo respuesta, la luz volvió a brillar esta vez con más intensidad
- ¿SABE? ¡ES DE BUENA EDUCACION CONTERSTAR CUNDO TE PREGUNTAN! - gritó Delia enfadada por los malos modos de aquel desconocido.
La luz esta vez se hizo tan brillante que Delia tuvo que taparse los ojos
- ¡NO ME DESLUMBRE Y CONTESTE!- gritó con toda su mala leche
La luz brillaba cada vez más pero no había ninguna respuesta. Así que Delia se levantó enfadada y se adentro en la luz, había decidido pagar su malhumor con aquel desconocido maleducado.
Caminó decidida adentrándose más y más en la luz. A medida que andaba sentía un sopor extraño por todo su cuerpo. Tenía mucho sueño, cada vez más, pronto no podía tenerse casi en pie hasta que, al fin, se desmayó.





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